Vladimir Putin y su anual baño de masas frente a las cámaras de TV

Moscú. El baño de masas que cada año se da el presidente Vladimir Putin al responder por televisión preguntas de la población –por décimo séptima ocasión desde que está al frente de Rusia, sea como mandatario o como primer ministro el periodo intermedio que hizo un enroque con su más fiel subordinado para no violar la Constitución, que para todo efecto práctico de quién concentra el poder es lo mismo– puso de relieve este jueves que el programa llamado “línea directa”, transmitido en cadena nacional por la televisión pública, hace tiempo que no es más que un simple show para justificar la pretendida popularidad del jefe de Estado.

Este año, decían con orgullo los locutores de uno de esos canales, se recibieron un millón 500 mil preguntas, de las cuales el presidente respondió unas cuantas decenas, pero se les olvidó comentar que hace un año ellos mismos dijeron que llegaron más de 2 millones de preguntas, es decir, al menos 500 mil rusos consideraron doce meses después que no tenía sentido intentar formular una pregunta a Putin.

En cambio, el país se paralizó –eso aseguran esos locutores– frente a la pantalla del televisor para conocer la respuesta a preguntas fundamentales para su futuro como “¿por qué lleva (Putin) el reloj en la mano derecha?”, “¿qué se siente ser presidente?” o “¿cuál es su escritor favorito?”, todo ello con la técnica –opinan quienes saben de esto, aunque nunca les dan acceso a la televisión– del “falso directo” (un programa grabado que se transmite con dos o tres minutos de retraso para dar la impresión de que es en vivo para poder sustituir una pregunta incómoda con otra ya preparada como la del reloj). En fin…

Así como afirmó un presidente de la Duma de que el Parlamento no es sitio para debatir nada, el portavoz del Kremlin hace años que precisó que el programa “línea directa”, o también la conferencia de prensa anual del presidente, no es sitio para dar a conocer una noticia de ocho columnas. Para repetir lo que ya ha dicho hasta la saciedad, sí.

Prometió el titular del Kremlin, de nueva cuenta, que los rusos preocupados por sus bajos salarios, por el incremento de los precios y de las tarifas de los servicios públicos, o por las injustas disparidades regionales y el deterioro de la ecología… vivirán mejor el año próximo. Lo hizo el año anterior, pero al parecer ya nadie se acuerda.

Podría pensarse que a los rusos poco les interesa la política internacional, aunque no podía faltar una pregunta para que Putin reiterara por enésima vez que Estados Unidos intenta contener a Rusia y a China o, en un gesto hacia su vecino asiático, que quiere excluir del mercado mundial al consorcio chino Huawei.

Y como no podía ser de otra manera, al responder una pregunta de actualidad acerca de las investigaciones que dirige la fiscalía holandesa sobre el derribo del vuelo MH17 de las líneas aéreas de Malasia en Ucrania hace cinco años, que el miércoles anterior incriminó a tres militares rusos y un separatista ucranio, Putin sentenció: “Lo que hemos visto como prueba de la culpabilidad de Rusia no nos satisface en absoluto. Pensamos que (ese informe) no contiene ninguna prueba”.

En otras palabras, para Rusia –al menos de cara al fiel auditorio cautivo de su televisión pública–, si todos están de acuerdo en que unos mineros sin trabajo convertidos de pronto en milicianos separatistas, apoyados por ex militares rusos contratados como mercenarios, no podían tener entre su exiguo armamento y saber usar una sofisticada unidad móvil con un misil Buk, entonces es claro que el ejército ucranio derribó el avión.

La fiscalía holandesa, tras analizar las grabaciones de 150 mil conversaciones por teléfono y por radio, entre otros recursos de su detallada investigación, no comparte esa conclusión.

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